El arte de ser mostro

Reflexiones transoceánicas sobre el transformismo y las Drag Queens

Tucumán es un criadero transformista y drag. Y me encanta. Tuve que irme hasta Inglaterra para terminar de darme cuenta de lo grosos que son nuestros artistas. Siempre estuvo ahí, dándome vueltas, desde chiquito viendo a Gasalla en la tele, los grandes imitadores de la Su y la Moria, Tenor Grasso, las incursiones de Urdapilleta de nuestros teatreros (que me llevaron a probar las mías propias), República de Tucumán, el Trio K-reta, la Bicha. Por otro lado, los feroces shows de Elektra en Nocturno, las frecuentes visitas de mostras como Hollywood Drag Queen Point y las bestiales noches de las Elecciones Nacionales en la Diva Motherhouse.

Viviendo en la England durante un año por una beca me vino la curiosidad de enterarme de qué se trataba la movida, y de conocer un poco de la historia local. Así terminé yéndome a Manchester que tiene una de las zonas gays más conocidas del mundo, donde iban siempre los personajes del primer Queer as Folk: la “Canal Street”. Literalmente es una calle al costado de un canal de agua, llenísima de bares y boliches. Un mar de variedades de maricas y locales para todos los gustos. Específicamente fui a ver un show de drag queens de Estados Unidos a las que hace poco había conocido a través del reality show RuPaul’s Drag Race, que hoy es muy popular entre los británicos. Hay que aclarar que cuando los yanquis y los ingleses hablan de “drag queens” se refieren a una categoría amplia que incluye a muchas variedades de criaturas. La noción alude a las bestias que trascienden el “Dressed Resembling A Girl” y se parecen a lo que nosotros entendemos por dragas. A la vez esta categoría incluye a las que se montan por diversión para ir a bailar, pasando por las que te cuentan chistes y las que te conducen eventos, que son cuestiones que en Argentina se asocia más con el transformismo.

Fui al show de estas muchachas y me encontré con un fanatismo casi de estrellas de cine por parte del público. Gente pagando mucha plata para un “meet and greet” que significa conocerlas por unos minutos en el VIP del boliche, antes o después del show, sacarse una foto, pedir un autógrafo y comprarles el merchandising que venden (posters, remeras, accesorios, etc.). Salía 30 libras conocerlas –que más o menos serían 600 pesos argentinos– a mí sólo me alcanzaba para ver el show, que era para caridad y salía 3 libras.

Me encantaron las performances. Cada mostra tenía una personalidad poética distinta y cada una ofrecía un talento, ya sea el “lip sync” (playback), cantar en vivo, contar chistes, bailar o ser una mostra. Alaska Thunderfuck 5000, la alienígena del planeta “Glamtron”, nos hablaba con su voz gruesa y enlentecida, a través de un cuerpo de curvas de Barbie extraterrestre, 5 pelucas rubias apiladas y uñas de 30 centímetros. Courtney Act nos deletiaba con su “belleza natural” que nos hacía olvidar por momentos de su prominente nuez de Adán. Willam con su lengua ácida no dejaba pasar una (ella es la cantautora de “Es una pasiva”) y nos entretenía con sus juegos sexuales, como el “Popper Slap” donde junto a un espectador aspiraban Poppers y se cacheteaban fuerte. Su último número, que no hizo en esta oportunidad, consiste en hacer fisting en vivo a algún stripper. Divinas.

Después de esta visita me convertí en fanático del reality de RuPaul y hoy me la paso viendo videos de todas sus pupilas en YouTube. Pero en ningún momento se me cruzó por la cabeza que como artistas ofrecían algo mejor que lo que pueden hacer las sudacas nuestras. Aunque tengan más acceso a canales de visibilidad, a variedad de productos, marcas de cosméticos y de ropa por atrás que las respaldan, un circuito donde se mueve mucha más plata, etc., eso no las hace mejores drags o mejores transformistas. Ni más profesionales, ni más creativas. Para nada. Las hace más visibles y más caras, nada más.

Esto sólo me hizo (re)valorar más a las criaturas tucumanas y argentinas que al no tener la facilidad de la industrialización (por ejemplo, marcas de pelucas hechas exclusivamente para cabezotas grandes de varones) tienen que darse muchísima más maña para tener el nivel de producción que ya tienen. Oxiura Mallman, por ejemplo, hace muchas de sus pestañas y vestuarios a partir de las plumas que pierden los pavos reales que hay en el patio de su casa en sus pagos en Neuquén. Incluso pienso que esta ausencia de mercantilización les permite una mayor libertad creativa, porque no tienen tanta presión de vender a la masa marica internacional, y es mucho más un espacio de exploración poética y de subjetividades. Tanto para las dragas como para las transformistas criollas. Entiendo igual que la posibilidad de ganar plata y poder vivir de lo que a uno le gusta –aunque eso a veces signifique comprometer la libertad creativa– es un deseo válido y de una parte importante de la población de cualquier profesión. Argentina tiene ya un “mercado” para un cierto tipo de transformismo, casi dos décadas lo tuvimos a Gasalla en televisión (que sigue yendo al programa de la Su) y hoy los Manyines llenan el teatro en Tucumán cada vez que hacen función.

Quizás en Inglaterra y otros países del primer mundo lo que pasa en los boliches del ambiente, es decir lo que sería el equivalente a nuestras drag queens, termina trascendiendo a un circuito más visible. Eso en Tucumán y Argentina no ha sucedido, pero quizás pueda suceder, no lo sé. Lo único que no me gustaría es que si llega a ser masivo se les olvide el espíritu libre que tiene hoy el drag y el transformismo sudaca, que ha mamado de un montón de fuentes bien nuestras, y que en el futuro sólo piensen en la plata. Pero en fin. Quién sabe.

En mis primeras incursiones a la Diva Motherhouse en Tucumán, en mis tiernos años adolescentes, tengo que admitir que me daban un poco de miedo las semejantes criaturas que son nuestras dragas, tan gigantes, coloridas, de ojos y peinados mutantes, tan brillosas y talentosas. Hoy no puedo esperar a volver a compartir con ellas y con todas las otras variedades de criaturas que estas tierras tercermundistas y bananeras ofrecen: drags y transformistas, las esculturas andantes, las que te bailan toda la noche, las que te hacen cagar de risa, las militantes, las de la tele y del teatro, las que se montan porque se les antoja y las que se montan porque es necesario. Mi fascinación con el transformismo y el drag hoy definitivamente pasa por este menú interminable de posibilidades que ofrece. Disfruto de compartir el espacio-tiempo con esos seres que manifiestan con el cuerpo que los géneros los armamos nosotros, como sea que los necesitemos.

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