Quiero una pija. No. No me mandes a que me cojan, ni al sex shop. Ni se te pase por la cabeza un analista. No. Quiero tener mi propia pija. No, no envidio la de nadie, Sigmund. Si supieras los consoladores que hay en estos tiempos y lo que con un poco de piel hace un bisturí, se te cae. Tu concepción falocentrista del mundo, por supuesto. No pienses (más) mal.

Y hablando de falo, ¡cierto! Quiero tener pija.

Pero no me animo. No me animo porque no quiero aceptar la pija que en la sociedad están dispuestos a darme: la pija que sólo puede asignársele a una persona que se asuma con el sexo biológico opuesto al de su nacimiento. No quiero ser un tipo. No tengo disforia. Tampoco soy mujer. El querer tener algo no debería significar sentirse incompleto.

La sociedad me prohíbe ser a nivel biológico otra cosa que no sea un varón o una mujer. Ya el problema no está en el Estado -ojo, que de la ley a la cara que te pone el funcionario hay mucho trecho-. Para tener pija, yo, Micol, debo terminar justificando mi deseo de cambiar mi cuerpo (como si lo mío fuera un problema a resolver, y no un trámite a realizar). Y dicha explicación será rechazada si mis razones no expresan que:

  1. Siento que nací en un cuerpo que no es el mío (es decir, quiero cambiar de género).
  2. Quiero cambiar mi nombre legalmente asignable a una hembra, por uno asignable a un choma (es decir, quiero cambiar mi identidad).
  3. Quiero parecerme lo más posible a eso que la sociedad dice que es propio de eso en lo que me quiero convertir (es decir, quiero tener todas las características físicas de un varón y quiero hacer todas las cosas que hace un varón).

Y si lo anterior parece no convencer a la ciudadanía, entonces saco la carta que nunca falla (es muy importante hacerlo llorando):

  1. Mi sueño es mear al lado de otro portador de pija en un baño público.

OJO. El mear de parado debe ser el elixir, eso no está en discusión. Pero al menos yo no necesito a otros participantes en el acto. A esto lo arreglamos entre mi pija y yo. Menos que menos necesito un cartel que le indique al mundo qué soy al momento de entrar al baño. Y menos que menos que menos necesito que esa indicación implique prohibirme entrar al otro baño. Quiero poder hormonarme si se me canta la pija -la que me imagino que tendría, oh sí- y que el médico no pueda hacer evaluaciones de ningún tipo por mí, sino velar por mi salud y la de mi pija. Y el Estado garantizar que se ahorren la mayor cantidad de caritas de desprecio y trabas burocráticas posibles.

A ver: las hormonas masculinas son tan anticonceptivas y riesgosas para mi salud como las hormonas femeninas que puedo comprar sin receta en una farmacia. Entonces me pregunto: ¿de qué tienen miedo realmente?

“No doctor, una PIJA. Si hubiera pedido un par de tetas, aunque destruyeran mi espalda, aunque pudieran reventarse y matarme, usted ya me habría puesto en la mano la bata azul para que me dirija al quirófano, raya al aire mediante”. Pero supongamos que reacciona igual de lindo al pedirle una pija y me opera: “Tomá, acá tenés tu añorada pija. Desinfectala los primeros días y machacala los que sigan. No permitas que nadie norme tu cuerpo, que nadie controle lo que pued—”. Lo callo con un ademán de silencio. Miro al vacío, consternada. Sin decir nada, desahuciada, salgo del quirófano con pantalones sueltos y una pija doliente, pero más que por las puntadas del hilo o por la mirada a la que la sociedad me condenará de por vida, por las puntadas de las miradas venideras de todos mis futuros amantes retractados.

“Desde hoy…” -escribe mi pija a fuego- “… de ahora en más no habrá intento de encame en el que no debas explicarle previamente a tu amante de mí. Y así como estoy colgando ante la sociedad, me mostraré ante los individuos frente a los cuales te desnudes, militando tu decisión con una firme erección. Y cada cara de cada amante se transformará en la cara de ese analista, de ese médico, de ese Estado que rechazó la idea de mi existencia material antes que legal. En cada erección sentirás el peso de los niños que no reciben educación sexual, de cada macho y de cada sumisa, de los cuerpos de Tinelli, del fanatismo futbolero que la nacionalidad del Papa le concedió a la institución que te condena. De los papeles que solos no hacen nada. Y yo y mi sexo nos transformaremos en algo no más activo que un perchero. Un perchero de esos en los que las hembras que se ponen tetas cuelgan su ropa antes de entrar al quirófano, esa misma ropa que al llegar a casa, a una cama como la tuya, guardan en el clóset”.

 

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